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Una reflexión sobre el solsticio de invierno 2016 y una exploración del simbolismo astrológico, religioso y filosófico de esta importante fecha

Antiguamente el hombre derivaba el significado de su existencia de los ciclos de la naturaleza, a los cuales se ajustaba para vivir en armonía.  Es por ello que los solsticios y equinoccios --los cuatro pivotes del año solar-- eran grandes celebraciones, en las que se rendía culto al viaje del Sol a lo largo de los diferentes constelaciones y su transformación en las diferentes estaciones. En estos cuatro puntos se simbolizaban los hitos que marcan la vida en la naturaleza: el nacimiento, el crecimiento, la madurez, la muerte (que conlleva la regeneración).  

Este año el solsticio de invierno ocurrirá el 21 de diciembre en el hemisferio norte a las 4:44 am, hora de la Ciudad de México (10:44 tiempo universal). En el hemisferio sur será en el mismo momento el solsticio de verano. De un lado tendremos la noche más larga del año y del otro el día más luminoso-- este es el punto de máxima dualidad en el drama cósmico, que llegará al equilibrio en el equinoccio.

La palabra “solsticio” viene del latín sol + sistere ("quedarse quieto"), y alude al instante en el que el Sol llega a su punto más alto en el cielo, desde nuestra perspectiva, y en apariencia parece detenerse (un instante de mágica e ilusoria suspensión temporal que parece fijar el momento de su muerte) para revertir su dirección. 

Tenemos, particularmente en el solsticio de invierno, el gran símbolo natural de la muerte y el renacimiento. El momento del solsticio es el memento mori  por antonomasia, donde toda la naturaleza venera enlutada a la luz que es la fuente de toda vida. Pero en la misma muerta yace la la semilla del espíritu que florecerá en la primavera y culminará en el esplendor del solsticio de verano. “En medio del invierno descubrí que había, dentro de mí, un verano invencible”, escribió Albert Camus. La luz y la oscuridad no pueden existir la una sin la otra y es posible ver en las tinieblas una luz invencible.

Gran parte de las religiones antiguas eran en realidad filosofías naturales o astroteologías --extraían sus principios filosóficos y sus conductas morales y rituales de una atenta observación de la naturaleza, y particularmente de los astros. Esto se basaba en un pensamiento analógico del cual se derivaba un sistema de correspondencias que concebía al hombre y a la naturaleza sublunar como espejos del macrocosmos. El Sol era el símbolo de la personalidad, el sí mismo divino, el gran héroe que atraviesa todo tipo de peripecias en su viaje anual, incluyendo el descenso al inframundo, lo cual marca el triunfo de la luz y la prueba de la inmortalidad de la vida, que siempre se regenera. El ser humano entonces es el pequeño Sol que atraviesa arquetípicamente las mismas permutaciones que el Sol (cada año, pero también en su vida como conjunto) y que debe convertirse en el héroe inmortal de su propio psicodrama cósmico. Así entonces el invierno es para el individuo que sintoniza estos patrones arquetípicos un tiempo de recogimiento, de conservación de la energía, de reflexión, práctica espiritual y renacimiento. 

El biólogo Rupert Sheldrake escribe en su libro El Renacimiento de la Naturaleza:

Estos ciclos implicaban un complejo sentido de participación interior directa de los seres humanos no sólo en el mundo, sino también en las energías cósmicas, mediante el ritual, y de los poderes divinos en el mundo, en virtud de su presencia inmanente y transformadora”.

El filósofo y esoterista canadiense Manly P. Hall dice sobre el simbolismo del solsticio de invierno:

No ha habido ningún pueblo que no haya atravesado algún tipo de de fase de simbolismo solar en su filosofía, ciencia y teología, el Sol ha dominado todas las artes, ha estado involucrado en todas las teorías de armonía musical [recordemos que Pitágoras, según la tradición es el hijo de Apolo, el dios de la métrica y de la luz]. Encontramos registros de esto en todas partes porque el Sol  [y particularmente sus equinoccios y solsticios], representa la restauración anual de la vida, símbolo de la gran resurrección de todas las cosas existentes, la gran redención, la elevación de toda la vida de la oscuridad a la luz.

En Roma en estas fechas --alrededor del 17 al 23 de diciembre-- se celebraban las saturnalias, las fiestas de Saturno, la vieja divinidad de la agricultura, que había regido el mundo en la época de oro, en la mítica Arcadia. Estas celebraciones significativamente culminaban con la celebración del Sol Invictus (el Sol Invencible), algo que parece coincidir con el solsticio. Las festividades constaban de sacrificios y ofrendas en el templo de Saturno, un suntuoso banquete y una subversión de las normas sociales: se bebía, se comía, se copulaba y se apostaba, y los esclavos eran liberados temporalmente. El poeta Catulo llamó a las saturnalias "los mejores días". Macrobio, quien es la principal fuente que se tiene, explica que la Saturnalia es un festival que celebra la renovación de la luz y por ende la sabiduría. Al igual que el emperador Juliano, quien menciona que el Sol es la divinidad que las comprende a todas, Macrobio sugiere que la festividad nace de la proximidad del solsticio invernal y que es una exposición de un monoteísmo solar.

Por otra parte, el filósofos neoplatónico Porfirio hace una lectura simbólica de la fecha, sugiriendo que está regida por Saturno debido a que el Sol ingresa en el solsticio al signo de Capricornio, el cual está regido por Saturno. Tradicionalmente en la astrología se sostiene que Capricornio es la puerta de los dioses (o inmortales) y Cáncer (el signo que se encuentra a 180 grados de Capricornio) es la puerta de los hombres. Esto se debe a que en el esquema de Ptolomeo en el cual está basada la astrología (y también el esquema hermético), el cosmos está formado por siete esferas planetarias, siendo la más baja la Luna (la cual rige Cáncer), la cual marca el ingreso de un alma al mundo material, y la más alta la de Saturno, la cual marca el regreso de un alma al mundo espiritual o a la octava esfera, la de las estrellas fijas (en el descenso del alma el orden se invierte y Saturno es la primera esfera). La lectura de Porfirio entonces sugiere que el hecho de que los esclavos fueran liberados en la Saturnalia simbolizaba la liberación de las almas de la prisión del mundo material (a través de la puerta de Capricornio). Tenemos claramente aquí la noción de que la muerte es una posible puerta a una vida más alta, a una regeneración espiritual; algo que será retomado por los alquimistas, quienes recogían la materia prima de su obra magna en invierno y el primer estadio de la piedra filosofal era llamado nigredo, (la negrura de la tierra) y estaba regido por Saturno (cuyo metal es el plomo, el cual será transformado en oro).

Mucho se ha especulado sobre si la designación de la natividad de Jesús el 25 de diciembre fue una decisión política-religiosa del imperio romano con la cual se mezclaron sincréticamente diversos cultos, como el de Saturno o el del dios solar Mitra (Sol Invictus). Se ha sugerido que Jesucristo es, como Mitra, una divinidad solar, y su nacimiento en una fecha cercana al solsticio obedece a una claro simbolismo astroteológico. Sin embargo, aunque esto es probable, no existe un trabajo académico que dé crédito a esta hipótesis. 

De cualquier manera el solsticio de invierno es uno de los días más cargados de simbolismo --"en la luz están todas las cosas", dice Manly P. Hall, incluyendo las leyes y ritmos del cosmos-- y una bella oportunidad para meditar sobre la muerte y los ciclos de la naturaleza. Para entristecerse a la par de que los días van perdiendo luminosidad y fuerza  hasta llegar a su punto más álgido--disfrutando también, por qué no, de la melancolía y el silencio de la oscuridad-- y congratularse de que la naturaleza se regenera y de que, al final, la luz siempre triunfa.

Más sobre el simbolismo y la astroteología de los solsticios y

Twitter del autor: @alepholo

 

El profesor de física y astronomía de la Universidad Johns Hopkins, Richard Conn Henry, llegó a esta conclusión que parece asombrosa para la ciencia, pero en realidad es bastante lógica si se comprenden las implicaciones de la mecánica cuántica

En un multicitado artículo publicado en el 2005 en la revista Nature, el profesor de física y astronomía de la Universidad Johns Hopkins, Richard Conn Henry, concluye que el universo "es inmaterial, mental y espiritual". Sobra decir que su afirmación resulta polémica y un tanto extraña al ser publicada en la revista Nature, una especie de institución del paradigma científico materialista dominante. Desglosemos un poco el artículo de Conn Henry, el cual puede leerse aquí en español o en su formato original en Nature.

La tesis de Conn Henry se basa en que, a diferencia de los postulados de la física clásica que han modificado nuestra visión de mundo --como el establecer que la Tierra gira alrededor del Sol-- los postulados de la física cuántica que han sido comprobados no han sido igualmente asimilados a nuestra perspectiva, quizás porque son aún más radicales que los de Copérnico, Galileo o Newton, ya que necesariamente sostienen que no existe un universo material independiente de nuestra mente. Sobre esto Conn Henry escribe:

La más reciente revolución de la física de los últimos 80 años todavía no ha transformado el conocimiento general del público de manera similar. Aun así, una comprensión correcta de la física era accesible incluso a Pitágoras. De acuerdo con Pitágoras, “los números son todas las cosas”; y los números son mentales, no mecánicos. De la misma manera, Newton se refirió a la luz como “partículas”, sabiendo que este concepto era una “teoría efectiva”, útil si bien no verdadero. Como reconoció el biógrafo de Newton, Richard Westfall: “La causa última de ateísmo, aseguró Newton, es ‘esta idea de que los cuerpos tienen, por decirlo así, una realidad completa, absoluta e independiente en sí mismos’”. Newton conocía el fenómeno de los anillos de Newton y no le preocupaba lo que trivialmente se conoce como “dualidad onda-partícula”.

El párrafo anterior requiere un breve comentario. No se sugiere que Newton conocía la dualidad onda-partícula tal cual como ha sido revelada en la física cuántica (donde la luz se comparta como onda o partícula según la medición que se realiza). Newton estaba en contra de la noción cartesiana de que la materia existe de manera separada e independiente; creía que la materia dependía de Dios y que no podíamos conocer su esencia, sólo podíamos describirla (es en esto que existe una similitud). Hay que recordar que Newton fue un teólogo y un alquimista y creía que la materia era animada por un solo principio espiritual. 

Siguiendo con el artículo, Richard Conn Henry afirma que la mecánica cuántica resolvió a grandes rasgos el problema de la naturaleza del universo, la cual es mental, esto en tanto que no podemos probar que exista la materia más allá de nuestra observación de la misma. Parafraseando a Heisenberg, no observamos la naturaleza, sino sólo la naturaleza expuesta a nuestro método de interrogación. 

De acuerdo con James Jeans: “el caudal de conocimiento se dirige hacia una realidad no-mecánica; el universo comienza a parecerse más a un gran pensamiento que a una gran máquina. La mente ya no es semejante a un intruso accidental en el reino de la materia… más bien deberíamos recibirla como la creadora y regente del reino de la materia”. Pero los físicos aún no han seguido el ejemplo de Galileo y convencido a todos de las maravillas de la mecánica cuántica. Como lo explicó Arthur Eddington: “Es difícil para el físico realista aceptar la visión de que el sustrato de todo es de índole mental”.

Luego Conn Henry explica que las llamadas partículas no son realmente cosas en sí, sino solamente un concepto, una herramienta lingüística, una narrativa que superimponemos al mundo. Cita a Michael Frayn, autor de la obra de teatro Copenhague, sobre Niels Bohr y su interpretación de la mecánica cuántica: "ni las historias ni las narrativas son elementos independientes del universo, sino conceptos humanos, tan subjetivos y restringidos en su punto de vista como en el acto de la observación”.  

Nos repetimos ciertas narrativas y les proyectamos un carácter de solidez y estabilidad para encontrar sentido en el mundo. El mismo Bohr había sugerido que si entendiéramos la mecánica cuántica, el mundo en el cual estamos parados se estremecería, y es por ello que sigue existiendo una cierta resistencia a adoptar la visión que se deriva de la mecánica cuántica, la cual literalmente cuestiona la solidez del suelo en el que estamos parados. Hay una especie de divorcio entre la perspectiva de la realidad de la física cuántica y la realidad que experimentamos comúnmente, lo cual no tiene que explicarse diciendo que la mecánica cuántica no debe aplicarse al mundo macroscópico clásico, sino que puede explicarse justamente como un efecto de que el universo es mental: su solidez es una proyección de nuestras creencias.

Los físicos evitan la verdad porque la verdad es tan ajena a la física cotidiana. Una forma común de evitar el universo mental es invocar “decoherencia cuántica”, la noción de que “el ambiente físico” es suficiente para crear realidad, independiente de la mente humana. Sin embargo, la idea de que cualquier acto irreversible de amplificación es necesario para colapsar la función de onda está equivocada: en experimentos “tipo Renninger”, la función de onda es colapsada simplemente por tu mente humana al no ver nada. El universo es puramente mental.

[...] El mundo es mecánico-cuántico: debemos aprender a percibirlo como tal.

No parece que estemos listos para asumir la visión cuántica de la realidad, sin embargo algunas culturas menos materialistas han concebido algo similar, como ocurre con el budismo mayahana (y vehículos superiores como el vajrayana y el dzogchén) donde se enseña que se deben ver todos los fenómenos como si fueran sueños, en tanto que no tienen una realidad sustancial independiente a la mente. Asimismo, algunas corrientes del hinduismo, como el vedanta o el tantrismo de Cachemira conciben el mundo como solamente conciencia. Así que es posible que si dejamos de identificarnos con nuestros conceptos y no nos aferramos a nuestras proyecciones podríamos encontrar soltura y libertad e incluso la dicha de la ligereza, si bien el suelo primero parecería temblar y podríamos sucumbir al terror. Conn Henry concluye:

Una ventaja de corregir la percepción de la humanidad sobre el mundo es la alegría resultante de descubrir la naturaleza mental del universo. No tenemos idea de lo que implica esta naturaleza mental pero, lo más grande, es que es verdad. Más allá de adquirir esta percepción, la física ya no puede ayudar. Puedes hundirte en el solipsismo o en el deísmo, o en algo más si lo puedes justificar, pero no le pidas ayuda a los físicos.

Hay otra ventaja de ver el mundo como mecánico cuántico: quien haya aprendido a aceptar que no existe nada sino las observaciones se encuentra mucho más adelantado que sus colegas, que trastabillan a través de la física esperando encontrar “qué son las cosas”. Si podemos “hacer un Galileo” y lograr que la gente crea la verdad, descubrirán que la física es muy simple.

El universo es inmaterial, mental y espiritual. Vive y disfruta.

Por supuesto sería completamente dogmático y poco inteligente asumir que esto es verdad simplemente porque lo dice un físico --especialmente cuando muchos otros físicos dicen lo opuesto. Sin embargo, rescatamos la interpretación de Richard Conn Henry porque creemos que en ella existe un argumento bastante lúcido y libre del dogma materialista que predomina en la física. Es decir, es una conclusión natural de lo que ha descubierto la física cuántica cuando se analiza filosóficamente, más allá de que cuando se mezcla la filosofía con la mecánica cuántica inmediatamente los científicos hablan de seudociencia y demás argumentos peyorativos que revelan un dejo de fundamentalismo (a diferencia de lo que creen algunos científicos no vivimos en la objetividad, todo lo que tenemos es nuestra experiencia subjetiva y por lo tanto es indispensable darle sentido desde ahí a la ciencia). La proposición más clara en un sentido meramente lógico que podemos hacer es que la mecánica cuántica muestra que la materia, sus componentes básicos, no existen de manera independiente de nuestra observación, es decir son relativos a nuestra percepción mental y por lo tanto no tienen una existencia absoluta. Asimismo las cosas que llamamos los ladrillos fundacionales del mundo --los átomos-- en realidad no son cosas, sino algo más misterioso que Heisenberg describió en alguna ocasión como tendencias o posibilidades. Y en su libro Physics and Philosophy: "De hecho, las unidades más pequeñas de la materia no son objetos físicos en el sentido ordinario; son formas, ideas, que pueden expresarse sin ambigüedad sólo en el lenguaje matemático". La realidad está más allá de una descripción científica que la divide en sujeto y objeto: "los conceptos científicos cubren siempre sólo un aspecto muy limitado de la realidad, la otra parte que no ha sido entendida todavía es infinita". En palabras de Bohr: "Creo que la división del mundo en objetivo y subjetivo es arbitraria. El hecho de que las religiones a lo largo del tiempo hayan hablado con imágenes, parábolas y paradojas significa solamente que no hay otra forma de asir esas realidades a las que se refieren". Quizás debemos asumir, como sugirió John Wheeler, que el esquema sujeto-objeto es muy limitado y por lo tanto entender que el universo es participativo o, usando un término budista, coemergente. 

 

Twitter del autor: @alepholo