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Una flor en el camino: la metáfora perfecta de por qué amar no es poseer

Filosofía

Por: pijamasurf - 02/14/2017

Compartimos este fragmento en el que Erich Fromm comenta dos experiencias poéticas para encontrar la diferencia entre el amor desde la posesión o desde la libertad

En Pijama Surf hemos abordado el tema del amor. En cierta forma sería imposible no hacerlo, pues se encuentra casi en cualquier aspecto de nuestra cultura: la ciencia, las artes, la filosofía, la vida en sí. Con cierto contagio de la atmósfera que se respira en este día podríamos parafrasear la conocida sentencia de Terencio y decir que al amor nada de lo humano le es ajeno.

Con todo, es posible que esa casi omnipresencia del amor resulte también en una confusión generalizada. Es posible que en medio de tantas narrativas sobre el amor, las personas no sepan ya qué es amar. ¿El amor debe ser según se desarrolla en las chick flicks hollywoodenses? ¿El amor debe ser trágico como en casi todas las películas francesas? ¿El amor sigue una línea recta o más bien va dando tumbos y bandazos porque sus implicados son incapaces de entenderlo y ejercerlo?

En este sentido, existe una perspectiva del amor no muy común en la cultura occidental aunque bastante antigua para la espiritualidad de Oriente. Ahora para muchos es familiar la idea de “amar sin apego”, al menos como concepto, pero quizá no mucho en la práctica. En general, de nuestra “educación sentimental” y de la cultura en la que nos formamos aprendemos a amar desde la posesión o, mejor dicho, a creer que amar también es poseer. Sin darnos cuenta cómo ni por qué, al amar a otra persona tendemos también lazos de dependencia, imponemos obligaciones al otro, le exigimos que sea de tal o cual forma, partimos de ciertas expectativas y no de la realidad.

¿Todo ello es expresión del apego? Quizá parcialmente. No todas los dificultades del amor tienen su origen en el apego pero, por otro lado, no menos cierto es que cuando podemos enfrentarnos a éste, encararlo y resolverlo de alguna manera para poder amar sin la angustia de poseer, muchas de esas dificultades se disuelven en la libertad soberana y propia del amor.

Con estos párrafos presentamos ahora un fragmento de Tener y ser, un ensayo amplio que el psicólogo Erich Fromm dedicó a esa dualidad tan propia de Occidente respecto de los vínculos que establecemos con la realidad y, en específico, con otras personas. En este que elegimos, Fromm retoma un par de experiencias poéticas a propósito de un hecho muy simple: encontrarse con una flor bella a la mitad de un paseo. Basho, el gran poeta japonés y Alfred Tennyson, uno de los poetas más importantes de la época victoriana, responden de formas muy distintas a ese encuentro. Pero dejemos que sea Fromm quien narre las escenas:

 

Cada poeta describe una experiencia similar: su reacción ante una flor que ve durante un paseo. El verso de Tennyson dice así:

Flor en el muro agrietado, te corté de las grietas. Te tomo, con raíces y todo, en la mano. Flor bella... si yo pudiera comprender lo que eres, con raíces y todo lo demás, sabría qué es Dios y qué es el hombre.

Traducido al español, el haikai de Basho dice más o menos así:

Cuando miro atentamente ¡veo florecer la nazuna en la cerca!

La diferencia es notable. Tennyson reacciona ante la flor con el deseo de tenerla. La corta "con "raíces y todo". Termina haciendo una especulación intelectual sobre la posible utilidad de la flor para comprender la naturaleza de Dios y del hombre, pero la flor muere como resultado de su interés por ella. Tennyson, como vemos en su poema, puede compararse con el científico occidental que busca la verdad desmembrando la vida.

La reacción de Basho ante la flor es enteramente distinta. No desea arrancarla, ni aun tocarla. Sólo "la mira atentamente para verla". Ésta es la descripción de Suzuki:

Es probable que Basho paseara por una vereda en el campo cuando advirtió algo casi escondido en una cerca. Al aproximarme más, miró atentamente, y descubrió que sólo era una minúscula planta silvestre, generalmente no advertida por los transeúntes. Es un hecho sencillo, descrito en el poema, y el sentimiento específicamente poético sólo se expresa, quizás, en las dos últimas sílabas con lo que en japonés se denomina kana. Esta partícula, frecuentemente vinculada con el nombre, con el adjetivo o con el adverbio, expresa cierto sentimiento de admiración o elogio, o tristeza o alegría, y a veces puede traducirse apropiadamente con los signos de admiración. Este haikai termina con este sí-no.

Parece que Tennyson, en cambio, necesitaba poseer la flor para comprender a la gente y a la naturaleza, y al tenerla, mató a la flor. Basho deseaba ver, y no sólo observar la flor, sino identificarse con ésta y permitirle vivir.

 

¿Cuál es la diferencia sustancial entre intentar amar desde el apego o amar desde la libertad? La respuesta es drástica pero clara: la misma diferencia que hay entre la muerte y la vida.

 

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Una lección de los estoicos: pensar “positivamente” nunca te llevará al éxito

Filosofía

Por: pijamasurf - 02/14/2017

La recuperación en nuestra época de la filosofía estoica nos lleva a ver los fracasos no como causas de angustia, sino como experiencias que debemos comprender como adversidades de nuestra propia vida

En el último medio año ciertos medios han prestado una atención especial al estoicismo, una escuela filosófica con casi 2 mil años de antigüedad cuyos integrantes se preguntaron qué hace virtuosa a una vida. Personajes en apariencia tan disímiles como Séneca y el emperador Marco Aurelio fueron algunos de los filósofos más destacados de esta forma de pensamiento.

Entre otras respuestas los estoicos encontraron que la virtud de la existencia no puede alcanzarse si se ignora la adversidad propia de la vida, y es posible que, paradójicamente, por ese motivo la filosofía estoica cause tanta admiración en nuestra época.

En efecto: culturalmente, nuestro presente proviene de un par de décadas en las que se insistió hasta el exceso en pensar “positivamente”. El llamado “optimismo” se erigió como una especie de obligación de ser feliz, un imperativo que si ya parecía sospechoso por sí mismo invitaba aún más al escepticismo por esa evasión patológica --que lo caracterizó-- de todo lo negativo de la vida. “No te preocupes: sé feliz”, cantaba Bobby McFerrin a punto de entrar en la década de los 90, un estribillo que se repitió de otras maneras en muchos otros ámbitos de la cultura de finales del siglo XX, la época de la “euforia perpetua” según la caracterizó Pascal Bruckner, cuando se instó a esconder debajo de la alfombra de la vida estados de ánimo como la tristeza, el enojo, la decepción o el fracaso.

Ahora, sin embargo, parece que el mundo está redescubriendo el valor de lo negativo en la vida, desde una postura que coincide con la de ciertas premisas estoicas. En especial, parece que después de un par de décadas de vivir en el ensueño de la inmediatez y la facilidad hay quienes se están dando cuenta de que la vida, después de todo, no es precisamente un ready-made, que no es posible vivir sin pagar el precio ni tomar decisiones sin enfrentar las consecuencias de ello, que es mejor aprender de las adversidades que intentar evadirlas, y otras ideas de ese tipo que ya se encuentran en la filosofía de los estoicos.

Entre las varias expresiones de esta tendencia destaca la de Ryan Holiday, un joven escritor de trayectoria singular pues, además de ser un colaborador habitual del New York Observer, fue director de marketing de la marca American Apparel. Holiday, además, recientemente publicó The Obstacle is the Way: The Timeless Art of Turning Trials into Triumph, un libro sobre la filosofía de los estoicos proyectada sobre uno de los mayores lastres de la actualidad: la angustia por el éxito.

Como sabemos –si es que nos hemos dado cuenta de ello– en las sociedades contemporáneas vivimos sumergidos en una obsesión por alcanzar el éxito, la cual, aunque sembrada desde fuera, nos la hemos apropiado, al grado de convertirla en un mandato que nos esforzamos por obedecer aunque ya ni siquiera sabemos quién nos lo impuso.

El problema, sin embargo, es que en el modo de vida auspiciado por el capitalismo dicho éxito nunca se alcanza realmente. Siempre hay más por hacer, más dinero por ganar, más mercancías por consumir, más puestos de trabajo hacia los cuales escalar, etc. Y esa es la fuente de la angustia, pues el ser humano se encuentra entonces entre una obligación que lo lleva hacia algo que es por definición inalcanzable y quizá incluso inexistente o imposible.

En este contexto, Holiday retomó el pensamiento de los estoicos para sugerir una posible salida al laberinto pesaroso de esta angustia: encarar la adversidad para encontrar el sentido que tiene dentro de nuestra propia existencia. En otras palabras, tomar cada “fracaso” no como tal sino como un hecho derivado de las circunstancias de nuestra vida, de nuestras decisiones y de nuestras omisiones.

¿Cuál es la ventaja de este cambio de perspectiva respecto de los “fracasos”? Entre otros, que así podemos deshacernos, poco a poco, de un término que proviene desde el exterior y que tiene implicaciones concretas. Fracasar, para muchos, implica sufrimiento, dolor, tristeza, miedo y, por encima de todo esto, inmovilidad. El fracaso paraliza porque se experimenta como algo que no se entiende, en buena medida por el origen mismo de la noción: ¿cómo entender algo que ocurre dentro del marco de nuestra existencia con una categoría tan general concebida en el exterior?

Entender el fracaso como un hecho de nuestra vida nos plantea otro tipo de obligación o, mejor dicho, de responsabilidad, y no para con un sistema o un agente exterior sino simplemente para con nosotros mismos. Abrazar las experiencias adversas como parte de nuestra vida y, en especial, de nuestra formación como personas; discernir qué de esa adversidad podemos resolver y qué escapa a nuestro margen de acción.

Aceptar, como los estoicos, que la vida siempre ha tenido sus adversidades y que ante éstas lo verdaderamente importante es responder a esas circunstancias, hacer algo respecto de nuestra propia existencia.